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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Karl-J. Hölkeskamp:

Reconstructing the Roman Republic.  An Ancient Political Culture and Modern Research.
Princeton University Press, Princeton & Oxford, 2010, 189 pp.
(Rekonstruktionen einer Republik. Die politische Kultur des antiken Rom und die Forschung der letzten Jahrzehnte, München, 2004).


La discusión que RRR prolonga, y quiere estimular, tiene más de un siglo. Mientras Mommsen había hablado de “partidos” en la Roma republicana, no muy diferentes a los que él conoció en la Europa del s. XIX, Matthias Gelzer (1912), Friedrich Münzer (1920) y Ronald Syme (1939) destacaron el carácter puramente personal y familiar de las relaciones políticas en la república romana. A partir de esta perspectiva prosopográfica, el consenso desde entonces vigente se basó en la idea de que la República era necesariamente oligárquica, y que en ella una clase dirigente –nobilitas, a veces llamada “aristocracia senatorial”- controlaba no sólo el Senado y los altos cargos políticos y sacerdotales, sino también la representación popular. Sin embargo, ya en el último tercio del s. XX ese consenso comenzó a ser discutido. Así C. Nicolet (en su Métier du citoyen, 1976) destacó el papel del populus y del ciudadano, que no se limitaba a simple mascarada. El autor de la obra que comentamos nos recuerda que aun maestros del método prosopográfico, como Erich Gruen (sobre cuya Last Generation of the Roman Republic, cf. nuestra reseña en Limes 7/8, 1995-96) y T.R.S. Broughton, advirtieron los límites del mismo y señalaron los peligros de ceñirse a esquemas dogmáticos. Pero quien desafió abiertamente la “ortodoxia” establecida fue Fergus Millar, en una serie de trabajos publicados desde 1984. Millar reivindicó la función política decisiva del pueblo a través de sus asambleas; llamó “mito” la idea del control vertical de la clase dirigente sobre otros grupos de ciudadanos y negó que existiera una clase dirigente como tal, homogénea y hereditaria. En su opinión, la república romana era un tipo de direct democracy, no una oligarquía aristocrática.
Es con Millar que K-JH emprende aquí una discusión frontal. Pues, en su opinión, Millar tiende a reemplazar posiciones unilaterales con otras igualmente one-sided, y su obra es provocativa, pero no ha abierto un verdadero debate (“From ‘Provocation’ to ‘Discussion’” se titula el cap. 1 de RRR). En consecuencia, K-JH se propone en esta obra revisar las réplicas a Millar,  que éste o sus seguidores han –aparentemente- ignorado, analizar los supuestos y problemas de las distintas visiones enfrentadas e intentar nuevas aproximaciones teóricas, metodológicas y empíricas al tema de la cultura política romana republicana. Veamos cómo lo hace.
Cuando Millar caracteriza la república romana como direct democracy se basa, afirma K-JH (cap. 2), en la idea de una “constitución” republicana, incluyendo la idea de soberanía del pueblo y de instituciones legalmente definidas. Ahora bien, esa constitución, como tal, no existió. Millar ignora –acusa nuestro autor- el creciente debate sobre la problemática reconstrucción de un “derecho público” romano (Staatsrecht), emprendida por Mommsen. Se trata de la crítica hacia la perspectiva de la historia constitucional y el subyacente (“abstract, metahistorical, and normative”) concepto de Estado. El punto es que no podemos hablar de “Estado” en la Antigüedad como hablamos del Estado moderno, ni de “constitución” como un entramado de instituciones y de derechos y funciones bien definidos. Siguiendo a Christian Meier (Res publica amissa, 1966), que ve en Roma una “constitución orgánica” basada en la propia práctica política, en tanto opuesta a una “constitución fundacional” (de tipo moderno), K-JH admite un mínimo de “estatalidad” (Staatlichkeit). En cambio, apunta a la relevancia del mos maiorum –con toda su falta de definición rigurosa- como clave de las relaciones y funciones de la vida política; de él resulta la influencia decisiva del Senado. Por eso es  discutible una reconstrucción de la República que se centre en las asambleas populares. Es más, si del s. II al s.I hubo un papel creciente de estas asambleas como cuerpos legislativos, en ello el autor ve no sólo una reducción de la flexibilidad, sino también el deterioro y la eventual desintegración del consenso en que la “constitución orgánica” se basaba. La tendencia a reemplazar las reglas sociales tradicionales por leyes escritas aparece como un medio de compensación de la declinación del consenso;  un síntoma de “torpor and crisis”, más que una efectiva democratización.
Siguiendo siempre a Meier, K-JH piensa que haría falta una teoría general de la formación de agrupaciones políticas (Parteiungen, “agrupaciones”, y no Parteien, “partidos”) en las sociedades premodernas (cap. 3). El proceso de formación, las condiciones y estructura de las agrupaciones mismas, su modificación y desaparición, la pluralidad de centros de decision making, son problemas que precisamente deben ser aclarados. Para analizar los centros de decision making, K-JH estima que hay que dejar de lado –una vez más- la perspectiva contitucionalista; es claro que, en Roma, el órgano central de gobierno fue el Senado, y tanto más cuanto sus competencias nunca estuvieron formalmente definidas –y así lo reconocía Mommsen. La (en principio sorprendente) potestad de los tribunos de la plebe, por ej., estaba limitada en concreto por numerosas tradiciones sociales, convenciones y reglas que derivaban del mos maiorum. Enseguida, está la cuestión de las jerarquías sociales –a través de toda la sociedad romana, a partir de la familia- y, en especial, la de la clientela. Pero reconocer la omnipresencia de las relaciones de dependencia en la sociedad romana –dice K-JH-, no significa adscribirse sin más a la “old orthodoxy” que Millar afecta combatir, aunque ya hace rato que la misma se encuentra bajo fuego. En particular, Meier ha sostenido la existencia de diversas clientelae en el tiempo y que, en definitiva, las relaciones clientelares llegaron a ser bastante más variadas, flexibles y concurrentes de lo que se había supuesto. Una última cuestión, en este capítulo, es la del grado de “politización”: qué temas podían estar o no en una agenda “política”. Muchas cuestiones en la sociedad romana no fueron, por mucho tiempo, objeto de discusión: no eran “politizables”, en la misma medida en que eran parte de un firme consenso sobre los fines y los medios. Ciertas cuestiones políticas que habían sido altamente controvertidas –por ej., la del acceso de los plebeyos a ciertos cargos- simplemente desaparecieron, en tanto otras –en la tardía República- pusieron a prueba la capacidad del sistema para alcanzar genuinas soluciones políticas. Las tensiones que no podían ser resueltas constituyeron –en términos de Meier- un “proceso autónomo” que llamamos “crisis de la República”.
Ese consenso firme y duradero es lo que explica que la República funcionase tan bien por tanto tiempo sin un cambio significativo en sus estructuras y carácter –eso es lo que debería llamar la atención, más que lo contrario, que la República haya entrado en crisis o caído (cap. 4). El consenso ha sido explicado, a su vez, por la “orientación hacia el Estado” que caracterizaba el ethos colectivo de los romanos, la identificación de la aristocracia con el Estado y la disposición a obedecer de parte del pueblo (E. Flaig habla de Gehorsamstiefe, “profundidad de obediencia”). Aceptando en general esta idea, K-JH  quiere examinar ese ethos colectivo con los nuevos métodos de la Begriffsgeschichte (historia conceptual). Ya los filólogos clásicos habían emprendido la definición de los términos que designan las “virtudes” romanas (virtus, fortitudo, fides, gravitas, etc), pero se ha tratado, piensa nuestro autor, de un método lexicográfico poco sofisticado teóricamente (y, peor todavía –nos dice-, en cierta escuela alemana ha habido una “agenda oculta” política e ideológica en torno al ideal de la Romanidad). Se trata, en cambio, de los términos (“cognitive concepts”) que designan, construyen y afirman el “significado” en la sociedad romana, no sólo en la retórica de la política y de la controversia legal, sino en todas las formas del discurso literario, religioso y social. Ni la validez universal y general aceptación de esas virtutes, ni su traducción en un código concreto de conducta pueden darse por supuestas, previene el autor. Por el contrario –propone-, su carácter de problema necesita ser aprehendido por cualquier análisis histórico cultural y social que valga la pena.
El concepto de “cultura política” (cap. 5) es central a RRR, y su autor lo toma de C. Geertz, con el sentido de “conjunto de textos”, interconectados inseparablemente en “redes de significación” y formas simbólicas que constituyen el conocimiento, en una sociedad dada, de las “attitudes toward life”.  No se trata solamente de un sistema de conceptos morales o de las convenciones u costumbres aceptadas, sino de toda una serie de “images of reality, a system of ‘making sense’ of”; o, como también lo llama, “conocimiento nomológico”. Porque, mientras hay un lado “técnico” o racional de la política (su “superficie”: la “agenda” concreta, el contenido explícito), hay también aspectos “expresivos”, “ceremoniales” y “cognitivos”. En toda cultura y sociedad –se nos dice- se encuentran formas simbólicas de comunicación (rituales, juegos, espectáculos, procesiones y festivales de todo tipo) junto a las instituciones políticas y procedimientos formales de decision making. Es importante la advertencia de que las formas simbólicas y rituales y los procedimientos “racionales” o “técnicos no pueden ser separados como tipos opuestos; y que tampoco representan “etapas” (históricas) en algún proceso lineal de “racionalización”. Ejemplos de estos “textos” los tenemos en la pompa triumphalis, pero también en las ceremonias religiosas corrientes, en las reuniones del Senado y en las asambleas populares; y en ese “texto urbano monumental” que incluía templos y santuarios, el Foro Romano, el Capitolio y otros centros y monumentos cívicos. Dos líneas recientes de indagación han convergido en este tema: una orientada hacia el “poder de las imágenes” (P. Zanker) y otra hacia la “memoria cultural”.
En este contexto, es importante la discusión sobre el grado de “estatalidad” de la “ciudad-estado”; e importante, también, el aporte de la historia comparada sobre las ciudades-estado en la Europa premoderna, Cercano Oriente, América o Asia. K-JH se queda con una concepción “minimalista”, que no necesita implicar todos los supuestos del Estado en sentido moderno. En cuanto a las instituciones, hay que evitar entenderlas en un sentido estático, sino más bien concebirlas como un ordering pattern, estructuras normativas que son estabilizadas por la repetición regular de cierta conducta, que a la larga lleva a la “solidificación” de la misma, que se hace así predecible, internalizada y confiable. Y la “estatalidad” de la ciudad tiene el específico carácter de una relación “cara a cara”: las instituciones y las conductas institucionalizadas suponen una “audiencia”, el populus Romanus “and its res” (la res publica), presente en rituales cívicos y todo tipo de actos públicos, y regularmente en comicios y contiones.
El tema de “aristocracia y democracia” es, por supuesto, ineludible –pero se trata de “a dated dichotomy”, anuncia el autor (cap. 6). En polémica con Millar, nos recuerda que nadie ha pretendido que la “aristocracia senatorial” (la nobilitas) fuese un aristocracia hereditaria “clásica” en el sentido de un grupo cerrado y legalmente definido, privilegiado por derecho de nacimiento y descendencia; que ni aun Münzer o Syme han usado los términos nobilitas  y nobilis como términos técnicos (aunque, leyendo, por ej., a Syme, uno tiene la impresión de que emplea esos términos en un sentido preciso y específicamente romano, lo que está muy cerca de ser un sentido “técnico”); y que nadie ha definido esta aristocracia como un “orden” o “estamento”, con la salvedad del antiguo patriciado.  Se trata pues de la aristocracia “patricio-plebeya” de la República media y tardía, esa “aristocracia de oficio” que, insiste K-JH, era una aristocracia “abierta” en cuanto la única condición para pertenecer a ella era el haber ejercido ciertos cargos, el acceso a los cuales nunca estuvo restringido por ley a un grupo determinado. Sin embargo, parece apropiado distinguir en ella un núcleo de gentes que fueron capaces de mantener un alto grado de éxito en sucesivas elecciones en un período relativamente largo de tiempo, de un círculo más amplio de familias que no fueron tan exitosas y debieron luchar siempre para mantenerse dentro de esa aristocracia. Ejemplos en ambos sentidos proporciona un rápido examen de los Iulii, Genucii, Popilii y Caecilii Metelli, además de los casos de grandes individuos que no fundaron un linaje consular. Una conclusión parece ser que el “ala” plebeya de la nobilitas estuvo sujeta a cambios y fluctuaciones en la “membership in the club” en más alto grado que el “ala” patricia. Pero los Fabii y Aemilii proporcionan también, por el lado patricio, ejemplos de grandes cambios de fortuna. Otra conclusión es que la supervivencia de muchas familias en la línea masculina podía ser seriamente amenazada en cualquier generación: por la baja esperanza de vida, agravada por el hecho de que un joven aristócrata tenía que probarse en diez años de servicio militar (con el riesgo consiguiente), y porque –ya a principios del s. II- se estableció una relativamente alta edad mínima para los cargos con imperium.  
Pero aun si la composición efectiva de esta aristocracia senatorial y de su círculo interior estuvo en constante fluctuación, no es necesario –como querría Millar- abandonar la idea de una clase política aristocrática. Si ella no se cerró formalmente, mostró, no obstante, una inherente tendencia hacia la exclusividad –lo recuerda simplemente la muy alta proporción de cónsules con antepasados consulares. Su “exclusividad” derivaba principalmente de su identidad colectiva y de su propia definición (implícita) como “clase política”. Pero también de una orientación ideológica de “exclusiva” devoción a la política y a la guerra al servicio de la res publica. A diferencia de otras aristocracias, todos los miembros de ésta tenían que dedicarse individualmente, en forma exclusiva, al servicio del sistema. Asimismo (y es un rasgo fundamental), los honores eran concedidos, independientemente de la propia aristocracia, por el pueblo. Aunque las elecciones no fueran enteramente “libres” (dados los derechos del magistrado que presidía, la forma de votación, etc), la elección como tal era indispensable. La misma intensa competencia por los honores exigió que los “ganadores” fueran seleccionados en una instancia neutra, fuera de la clase política misma. En paradoja sólo aparente, la elección era el mejor modo de asegurar la estabilidad y el mínimo nivel necesario de homogeneidad y consenso en esta aristocracia de oficio.
Si el sistema político romano era tan altamente competitivo, requería por tanto un alto grado de consenso (cap. 7). Volviendo, pues, a la cuestión del consenso, K-JH recurre a la tipología de las formas de competencia trazada por Simmel: cuando se compite por un premio, los “partidos” no luchan directamente uno contra otro, sino más bien por el reconocimiento de sus méritos por un “tercer partido” (el populus Romanus que otorga los honores). Se sigue de ello que los “partidos” concurrentes tienden a estar tan cerca del “tercer partido” como sea posible. Simmel destaca el “inmenso efecto socializante”  de este tipo de competencia: las partes tienen que compartir un cuerpo de normas y reglas. Tales son la igualdad entre competidores (el perdedor debe tener oportunidades de llegar a ganar en alguna próxima oportunidad); la disponibilidad o asequibilidad del premio, a intervalos previstos regulares (las elecciones, en este caso), y la comparabilidad de la actuación y logros de los competidores.  Para el caso romano, apunta K-JH, la competencia, como elemento central para mantener y reproducir esta “meritocracia”, estuvo integrada en un consenso acerca de sus precondiciones, reglas y fines, basado en un alto grado de aceptación y consentimiento colectivos
El corolario de este sistema, dice K-JH, es la “collective concentracion on public presentation”, por una parte, y, por otra, la presión permanente sobre casi cada miembro de la clase política para hacerse públicamente “presente”, “visible” en persona y conocida. La interacción se manifestaba de dos modos: como apelación al populus Romanus y negociación con él, en cuanto foro formal de decisiones y ultimate source of legitimacy; y como reafirmación, reproducción y renovación de la clase política por el populus en las elecciones y otras formas de asentimiento.
Si los honores no eran, como tales, hereditarios, otros atributos, propiedades, ventajas y privilegios sí lo eran, observa K-JH (cap. 8). Son ellos los que constituyen el “capital social” o “simbólico”, en términos de P. Bourdieu. Este “capital” era creado por los antepasados y acumulado a través de varias generaciones, mediante el ejercicio de consulados, preturas, censuras, sacerdocios, etc. Así los antepasados “recomendaban” a sus descendientes (commendatio maiorum). Vale decir, era parte del consenso general que el capital simbólico de una gens era un legítimo criterio en el momento en que correspondía al populus asignar rango y  status a un individuo. Este capital no sólo tenía que ser cultivado  y renovado por nuevos “depósitos”, sino que también la memoria del mismo tenía que ser actualizada: la pompa funebris, con la exhibición de las imagines, servía, entre otras ceremonias, a ese fin. Cierto que podía ser una herencia compleja y –en ocasiones- ambivalente. Pero a la vez el capital simbólico ejercía una permanente presión sobre los miembros individuales de la familia: la “ley de hierro” de la meritocracia romana rezaba que un joven nobilis no podía permitir ni la más ligera sospecha de que le faltaba la necesaria industria para distinguirse por sí mismo. En fin, el consenso sobre la validez de ese capital social se extendía a todo el espectro de formas y medios de presentación pública de logros y méritos.  Todos los rituales y modos de auto-anuncio tenían que seguir patrones reconocibles, y, por consiguiente, tenían que ser regulados por un conjunto aceptado de reglas. La “comparabilidad” permaneció como la esencia de la competencia, incluso en la situación confusa y desequilibrada de fines de la República.
RRR termina con un alegato por una “nueva Historia Antigua” (cap. 9). La crítica que se hace a Fergus Millar consiste, finalmente, en que éste no supo tomar en cuenta los intentos ya existentes de revisión de la antigua “ortodoxia”, y perdió la oportunidad de proseguir y enriquecer una discusión que implicaría cuestiones teóricas y metodológicas de largo alcance. Pues K-JH aprecia un “cambio de paradigma” en la historia antigua, que debería salir del ghetto de sus fijaciones y restricciones tradicionales (la tradición del Staatsrecht, por ej.) y abandonar la concentración “anticuaria” en una “strictly positivist histoire historisante. Sólo que, con esta invocación a L. Febvre, nos da la impresión de que autores como éste, M.I. Finley o J. Le Goff, conocidos hace bastante tiempo en nuestro medio, han venido a conocerse sólo recientemente en la historiografía de lengua alemana. Pues barreras lingüísticas pueden aún ser efectivas: en sentido inverso, sobre la recepción de la obra historiográfica alemana en la lengua inglesa, el autor se queja: teutonica sunt, non leguntur. Como fuere, observa que, ya desde mediados de los 70, muchos historiadores se apartaron de las ideas recibidas y de las tradicionales preconcepciones –la división en “épocas” o “períodos” establecidos, por ej.- y se interesaron por temas nuevos, tales como las formas, carácter y definición del “imperialismo” romano, o la “estatalidad” de la ciudad-Estado. K-JH  cree que una “gramática política”, en el sentido que Ch. Meier quiso darle, permanecerá en la agenda de una Historia Antigua modernizada; que una filología clásica reformada, que ha llegado a redefinir su noción de “texto”, llevará a interesarse no sólo en la literatura, sino asimismo en las condiciones sociales e intelectuales de su producción; y que la interdisciplinariedad permitirá nuevos enfoques. Cierto, admite, las teorías de moda pueden ser extravagantes o aberrantes; pero, aun así, la amenaza representada por “postmodernist arbitrariness” puede ser enfrentada tomando la ofensiva y promoviendo un concepto de “cultura política” basada en la moderna historia social y cultural, tanto como en la ciencia política.
Puesto que K-JH, a lo largo de su obra, polemiza fuertemente con Millar, es necesario decir algo en descargo de este autor. En uno de sus primeros trabajos sobre el tema (“Political Power in Mid-Republican Rome: Curia or Comitium?”, Journal of Roman Studies 79, 1989 –incidentalmente, en parte una revisión de la obra de K-JH, Die Entstehung der Nobilität), Millar sostenía que no se puede dar por sentado que existiera una clase dirigente simplemente porque algunos individuos ejercían las magistraturas que, a priori, se han definido como constitutivas de esa clase. Millar apuntaba, por ej., a que, cuando, de más de 1000 tribunos de la plebe (entre 366-219; de hecho, cerca de 1500), se conocen los nombres de sólo una treintena, no hay antecedentes para sostener que eran una élite, “except (circularly) that they held the tribunate”; que tampoco hay pruebas para afirmar que Q. Publilio Filón (cuatro veces cónsul entre 339-315, dictador, censor) era un “aristócrata”, si no conocemos a sus antepasados (tal vez haya un Publilio tribuno en 384); y que tampoco estamos seguros de que L. Cecilio Metelo, cos. 251 y 247 –el primero en exhibir elefantes en un triumphum-, haya sido hijo del cónsul de 284 –requisito para tenerlo por nobilis. Nótese que hablamos de la “República media” (ss. IV-III); otra cosa es la nobilitas que se constituye a partir de entonces. Pero, aun en este caso, cuando se encuentra un Claudio de Antium, o Claudios etrusquizantes en Aleria, se puede empezar a pensar –observa Millar- si la larga continuidad que se atribuye a la gens Claudia no es un caso de mythic history. K-JH no se hace cargo de estos argumentos.
 Sin duda el término “constitutional” es equívoco, aunque no sabemos si Millar, cuando lo emplea, piensa realmente en algo así como una “constitución” de tipo moderno. K-JH sostiene que era muy excepcional que las asambleas populares romanas crearan “normative public law” a través de la legislación (“at least so far as the middle Republic is concerned”); Millar, por su parte, admitiendo que la cuestión de cuándo un acto de voto colectivo constituía legislación, en la temprana República, es “a minefield of confusion”, puede citar toda una serie de actos legislativos de sentido democratizante en los ss. IV y III (ibid.). Que el ciudadano común participase en comitia y contiones, en elecciones, legislación, juicios y en todas las formas de vida “pública”, no significa en todo caso que la cultura política romana fuera democrática; al contrario, ello era el supuesto de la existencia de la clase política aristocrática –arguye, contra Millar, K-JH. Pero éste reconoce que el populus era “la última fuente de legitimidad”; si es así –y si la dicotomía aristocracia-democracia está dated (“pasada de moda”)-, es posible llamar “democrática” a esa fuente de legitimidad y ver allí el elemento democrático del sistema político romano –sujeto a variaciones y tensiones del s. IV al I, claro está. La disputa puede ser, en parte, nominalista.
Mas, si RRR parte de la polémica con Millar, es notorio que el interés que presenta es más amplio. Como se ha visto, no tenemos en esta obra una “historia de Roma” de tipo tradicional –por períodos o por “temas”-, sino un intento de conceptualización y problematización que, en este sentido, interesará sobre todo al especialista. Mientras muchos historiadores han solido emplear conceptos o categorías dando simplemente por supuesto su significado –“aristocracia”, por ej.-, y en tanto se descuidó en el pasado los aportes de otras disciplinas, K-JH nos muestra nuevas posibilidades. Conceptos tomados principalmente de las ciencias sociales, como “clase política” (incidentalmente, este término proviene de Gaetano Mosca, el sociólogo de la Italia fascista), “consenso”, “competencia”, “cultura política” y otros, son usados, no como fórmulas explicativas a priori, sino como aproximaciones para entender un aspecto de la historia de Roma antigua –y se validan, como hemos visto, por el resultado. En una discusión que no va a acabar tan pronto, el autor “reconstruye” así la república romana: de un modo sugerente, no cabe duda.
Erwin Robertson

Publicada en Limes  24/2011, pp. 198-204, Santiago, con numerosas erratas.


  

domingo, 2 de octubre de 2011

El "Alexander" de O. Stone

Paul Cartledge & Fiona Rose Greenland (editores):
Responses to Oliver Stone’s Alexander. Film,
History, and Cultural Studies.
The University of Wisconsin Press,
Madison, 2010, 370 pp.






Los clasicistas tal vez lo deploren; mas el hecho es que el conocimiento que la gran mayoría de los contemporáneos tiene del mundo clásico proviene del cine. Asimismo el cine es la gran fuente de los mitos de nuestros días; si se trata de mitos “auténticos”, en el sentido de Walter Otto, o no, es otra cosa. No debería extrañarnos, pues, que una figura como la de Alejandro Magno, protagonista del mito y de la historia a través de los siglos, sea recreada por el cine; ni que se trate ahora del discutido Alexander de Oliver Stone (2004), que seguramente marcará época en este dominio. Por lo mismo, los especialistas del mundo clásico tienen el derecho y el deber de decir algo sobre esta película.


Así lo hacen los autores congregados por Cartledge y Greenland en Responses: historiadores, arqueólogos o especialistas en distintos aspectos de la cultura clásica; algunos de ellos con una orientación especial hacia los estudios de cine, o con experiencia en la asesoría histórica de obras de cine y televisión y, desde luego, en la misma cinta de Stone. Incluso el principal asesor del cineasta, Robin Lane Fox, autor de un notable Alexander the Great (1973), pudo representar a un comandante de caballería en las batallas de la película (el sueño de un historiador, de alguna manera). Mas si estos autores “responden” en cierto sentido a la obra fílmica de Stone, no pretenden “corregirla”, como a una obra y a un género que –como era de esperar- se toman sus libertades con la historia. Por el contrario, la mayoría de los colaboradores de Responses trata con deferencia al outsider que ha invadido su terreno: Clío no sabría ser altanera ante su exitosa hermana
menor. Otros aspectos pueden interesar además a estos colaboradores: porqué Alexander no fue el éxito de taquilla que se esperaba; o si tales o cuales rasgos de la cinta se ajustan a lo que el público espera de un film “épico”, o si fue convincente la interpretación de los actores principales (Colin Farrell y Angelina Jolie). Por cierto, en la revista que sigue nos ocuparán más bien los comentarios históricos a la cinta en cuestión.


El principal problema en la interpretación histórica de Alejandro reside en que las fuentes con que contamos fueron escritas tres o más siglos después de su muerte. El historiador nunca está plenamente seguro cuando separa una tradición auténtica de una anécdota apócrifa –que refleja lo que épocas posteriores pensaban acerca del rey. Otras cuestiones tienen que ver con el presente de cada interpretación; así con las que suscita el film comentado. Entre ellas, en primer lugar, la cuestión de la sexualidad de Alejandro. Sin duda, un síntoma de nuestra época. Otra, la de la etnicidad, que remite a la moderna cuestión entre griegos y macedonios eslavos. Y, ¿fue Alejandro un imperialista occidental, al estilo de George W. Bush (más de una vez recordado en este libro), o fue un soñador en la unidad de la humanidad, globalizador avant la lettre? Veamos con más detalle qué dicen nuestros autores.


En “Alexander and Ancient Greek Sexuality. Some Theoretical Considerations”, Marilyn B. Skinner aborda un tema que resulta central en la interpretación de Stone. Primero, nos recuerda que, en la época clásica griega, y específicamente en Atenas, la relación sexual era una cuestión jerárquica. El ciudadano varón era (o debía ser) siempre “activo” y físicamente “inviolable” (o mejor, “impenetrable”): la “pasividad” era característica de un status inferior, el caso de mujeres, niños y esclavos. La prostitución masculina era infamante (por lo menos –tratándose de ciudadanos-, inhabilitante para el ejercicio de cargos cívicos) y el afeminado (kinaidos) era objeto de desprecio o burla. La paiderastía, si bien tenía un componente sexual, estaba en cierto modo ritualizada y era en la práctica –dice Skinner- una relación de clase (entre pares aristócratas; no tan bien vista entre el común del dêmos). En cualquier caso, el joven erómenos, llegado a la mayoría de edad, estaba obligado a comportarse como ciudadano, casándose con mujer ciudadana y engendrando hijos ciudadanos (y, eventualmente, siendo el erastés de otros jóvenes). En este contexto, el lejano mundo homérico proporcionaba un modelo de relación pederástica, la de Aquiles y Patroclo en la Ilíada. Pero, aparte de que ambos son específicamente heterosexuales en el poema (cosa que la autora olvida mencionar), los roles respectivos no resultaban claros a los intérpretes en la época clásica (¿cuál de los dos era el erastés?). Esa incertidumbre, observa Skinner, indica que los griegos de esa época “were imposing a pattern familiar to them upon a text ignorant of it”.


Pues bien, si Stone ve la relación entre Alejandro y Hefestión como un vínculo homosexual “moderno”, la misma no se ajusta al modelo pederástico griego (principalmente, porque las partes eran de una misma edad). Pero tampoco hay algún biógrafo antiguo de Alejandro que sugiera que entre ambos hubiera una relación “amorosa”. En cambio, algunos de esos biógrafos hablan abiertamente de su relación con el eunuco Bagoas. En este caso (“whether the story is historically true or not”, dice Skinner), lo que se quiere pintar es el estereotipo de un tirano dominado por sus pasiones. Digamos que el punto no era el sexo, sino la licencia en que incurren los tiranos y la influencia que permiten a los “inferiores”. Por el contrario, todas esas fuentes concuerdan en que, en general, Alejandro era autocontrolado con respecto a sus apetitos y pasiones, especialmente en relación con el sexo. Ello es, concluye la autora, para un público contemporáneo, el aspecto más difícil de entender de la sexualidad del rey de Macedonia.


Un tema relacionado al anterior es el de Elizabeth D. Carney: “Olympias and Oliver. Sex, Sexual Stereotyping, and Women in Oliver Stone’s Alexander”. Stone, nos dice, pone la relación entre Alejandro y su madre en el centro de la película, pero su descripción de esa relación es inconvincente y confusa. No se trata sólo del prisma abiertamente freudiano con el que el director la entiende (como también, la de Alejandro y Roxana; el film sugiere que Alejandro “vio” a su madre en Roxana). Sino de la desvalorización del papel político que desempeñó Olympias –antes, durante y después de las campañas de su hijo. Pues viejos estereotipos sexuales acerca de la mujer siguen vigentes, señala la autora. La madre de Alejandro sólo puede ser entendida en el mundo de una cultura intensamente competitiva, como era la griega, y especialmente en el contexto de una corte en que el rey practicaba la poligamia y no había normas sucesorias claras. Ni el matrimonio con Filipo era del tipo del matrimonio burgués moderno, ni Olympias estaría especialmente celosa de la última esposa de Filipo, cuando éste conservaba las anteriores. La cuestión era quién sería el heredero del trono. “(The) Philip’s objections to Olympias and hers to him were political and centered on the issue of the succession”. Lo mismo se aplica a las relaciones entre Alejandro y su padre. Como lo ponía Peter Green en
su biografía del conquistador, en este caso más vale recurrir como mentor a Adler que a Freud.


Jeanne Reames, en “The Cult of Hephaestion”, no trata, como podría creerse, de si Alejandro dispuso o no un culto heroico en honor de su amigo y colaborador. Sino, más bien, de la extraña popularidad de que, en ciertos círculos, goza hoy Hefestión. Según la autora, todo indica que esos “fans” lo admiran por ser una figura “romántica” y no militar. Lo que viene a concordar con la tendencia en la historiografía moderna de mirar en menos a Hefestión: diversos autores parecen dar por supuesto que, si alcanzó altos puestos, como el de khiliarkhos, equivalente del persa hazarapatish, fue únicamente por el favor de Alejandro. Sin embargo, del estudio de la carrera de Hefestión, como aparece en las fuentes, resulta que a éste Alejandro encomendó preferentemente misiones que tenían que ver con diplomacia, logística o fundación de ciudades. La conclusión es que fue así porque Hefestión demostró habilidad en ese terreno –un terreno a menudo descuidado en una tradición histórica que pone el énfasis en las hazañas en el campo de batalla (además, habría que decir que, de los ejércitos del mundo, el de Alejandro fue probablemente aquel en que menos los ascensos se debieron al favor o a la influencia. La supervivencia estaba en juego). Ello es congruente con el nombramiento de Hefestión como quiliarca, encargado de la seguridad, del protocolo de la corte y de la cancillería del imperio. Hefestión aparece así como el hombre más importante en la corte de Alejandro, una importancia que no se refleja en el tratamiento que ha recibido tanto de la historiografía como del cine –concluye Reames.



“Oliver Stone, Alexander, and the Unity of Mankind”, es la contribución de Thomas Harrison y el tópico es, seguramente, uno de los más candentes suscitados por la película. El Alejandro cinematográfico asegura que, en el mundo por él conquistado, Asia y Europa se unificarán, las poblaciones se mezclarán y viajarán libremente; civilización y libertad, en suma, es su aporte a ese mundo. Un Alejandro idealista y revolucionario; así lo defienden tanto Stone como su asesor, Lane Fox. Mientras propósitos declarados semejantes han sido los de más de una guerra imperialista moderna, y “libertad y comercio” resuenan muy actuales en el siglo XXI, en lo que atañe a Alejandro la visión idealista deriva ciertamente de W.W. Tarn (Alexander the Great, 1948; y cf. su contribución en la primera edición de la Cambridge Ancient History, 1925). Una visión tal ya no goza de mucho crédito entre los historiadores; cuando algo semejante se encuentra en las fuentes antiguas, se suele atribuir a contaminación de ideas estoicas o quizás de la ideología imperial romana. Sin embargo, aquí Harrison pone en juego nuevas posibilidades. Cuando Alejandro aparece brindando por la homonoia y koinonía de persas y macedonios, esas ideas eran contemporáneas, sí, pero lejos de ser revolucionarias, derivaban en gran parte de la ideología real persa. Así, la descripción de Arriano de la ordenación de los puestos en el banquete de Opis –Alejandro en el centro, los macedonios alrededor de él, luego los persas y después otros pueblos- parece reflejar la noción de que los pueblos del imperio se disponen en círculos concéntricos alrededor del pueblo dominante, los persas (cf. Heródoto 1.134). Las inscripciones persas proporcionan otros precedentes.


La visión del harem de Darío en la película depende de la vieja visión “orientalista” de Occidente, dice Lloyd Llewellyn-Jones en “Help me, Aphrodite!. Depicting the Royal Women of Persia in Alexander”. Hay, en efecto, una visión del Oriente (todas las culturas confundidas, pero especialmente el Cercano Oriente) que proviene de las primeras traducciones de las Mil y Una noches, en el siglo XVIII, y de las pinturas de Alma-Tadema y de Ingrès en el XIX. La noción de “harem” como el equivalente práctico de un burdel, a disposición de un solo señor, ha estimulado la fantasía masculina occidental, y así se entiende, en la película, que uno de los Compañeros lance un “¡Ayúdame, Afrodita!”, a la vista de tantas bellezas asequibles. Un concepto más adecuado sería “inner court”, “corte interior”, no necesariamente un lugar físico en un palacio (porque podía ser itinerante, como muchas cortes antiguas), y que comprendía el conjunto de mujeres, comprendiendo la madre del soberano y otras mujeres viejas, los niños, esclavos, etc. Hay una interesante discusión en el texto del autor sobre si realmente existía un “harem” (como los griegos lo entendieron) en la corte persa; se impone la afirmativa, por el paralelo con otras sociedades orientales, y especialmente con el imperio otomano. Alexander, en lugar de entender el significado político de esta “corte interior” (de ahí la importancia de su captura por Alejandro después de Issos), prefirió rendir tributo a la imagen estereotipada.



Aunque no tienen relación directa con los estudios clásicos, es interesante detenerse en otras contribuciones. Verity Platt, en “Viewing the Past. Cinematic Exegesis in the Caverns of Macedon”, sostiene que los episodios más innovadores en el film de Stone son los que exploran las motivaciones psicológicas de Alejandro. Especialmente aquel –reconocidamente ficticio- en que Filipo muestra a su joven hijo las imágenes míticas pintadas en los subterráneos de Pella: se trata de los arquetipos –Aquiles, Edipo, Prometeo- (más o menos freudianamente entendidos) que obrarían en la vida de Alejandro. Aquí, Alejandro no sólo es observado por el espectador; también él observa; porque, como apunta Platt, en el corpus cinematográfico de Stone se nos recuerda permanentemente tanto el poder como la subjetividad (su destacado) de lo visual. Y pone de relieve (brillantemente) los “guiños” de Alexander a otras obras fílmicas, Citizen Kane, desde luego, pero también Le Mépris, de Jean-Luc Godard, y Fellini-Satyricon.


Los autores que primero se presentan en la ordenación de este volumen, Joanna Paul (“Oliver Stone’s Alexander and the Cinematic Epic Tradition”) y Jon Solomon (“The Popular Reception of Alexander”), declaran que no pretenden defender la obra de Stone de sus numerosos críticos, mas dejan la impresión de que eso es, precisamente, lo que hicieron. Con todo, un buen argumento a propósito de la “historicidad” de la versión es el de Paul: que Stone “dramatiza” un elemento clave en la relación del mundo moderno con la Antigüedad: la dificultad de descubrir la verdad bajo los estratos acumulados de “recepción” a través de los siglos. Ello vale, en general, para el trabajo del historiador. O como lo pone Solomon: un director y guionista experimentado, como Stone, desarrolla la misma habilidad en que consiste la disciplina histórica, tal como la definen los propios historiadores: buscar “sophisticated approaches to various kinds of historical evidence”. Bien, puede ser; aunque no exactamente la misma habilidad, diríamos nosotros.



Robin Lane Fox se ocupa de “Alexander on Stage: a Critical Appraisal of Rattigan’s Adventure Story” y Kim Shahabudin, de “The Appearance of History: Robert Rossen’s Alexander the Great”. Tenemos que ver aquí con los predecesores del Alexander de Stone, uno en el teatro y otro en el cine (éste, con Richard Burton en el papel protagónico); prácticamente los únicos en el arte de la representación, con excepción de una serie televisiva (y de algunas obras de la época barroca). Se comprende la dificultad. Se trata de la recreación de un personaje que, aunque no fuera el tema de un Sófocles o de un Shakespeare, no ha sido menos mitopoiético ni ha dejado de influir en la visión de la posteridad. Por su parte, Monica Silveira Cyrino se ocupa de los problemas del actor principal en“Fortune Favors the Blond. Colin Farrell in Alexander”.


Cierra la compilación John F. Cherry, con “Blockbuster! Museum Responses to Alexander the Great”. Se llamó “blockbuster” un tipo de bomba usado en la II Guerra Mundial, especialmente destructivo, para luego aplicarse el nombre a un film de éxito arrollador y, también, a las exposiciones museográficas que atraen un público masivo, nos informa este autor. Se trata de las exposiciones sobre el tema de Alejandro, de Thessaloniki a Japón y Uzbekistán, pasando, desde luego, por Nueva York.


Finalmente, la obra da la palabra al propio Stone; un tanto sorprendentemente, ya que no se hubiera esperado que en un cónclave de especialistas interviniera un profano. Mas Clío debe respeto a su hermana menor, como ya se observó. El cineasta defiende bastante bien sus puntos de vista; algunos de sus juicios trasuntan el mejor sentido común: “Important as gender may be, is it the determinant motive of history?” –“I sometimes feel professional historians… expect too much from their leaders –requiring them to act from abstract principles in a harsh world full of chaos”. Defendiendo su interpretación, Stone piensa que, si Alejandro hubiera vivido, hubiera generado un mundo globalizado como el de hoy, pero “with one world government” (destacado suyo) –la perspectiva evidentemente lo entusiasma. Pero también defiende los derechos del dramaturgo. Al cabo, como muchos que han tratado con esta figura, Stone sucumbe a su fascinación: si Alejandro nos deja con más preguntas que respuestas, las suyas son preguntas que vale la pena hacerse –“and his achievements (are) glorious ideals to live by”. Así sea.


En la introducción a Responses, los editores se felicitan por la discusión que suscitó la película de Stone. La obra comentada prolonga y ahonda esa discusión; todas las contribuciones, cada una a su modo, son de real interés. Reconociendo la libertad del artista para recrear un personaje o una época, es importante que el público culto conozca los límites objetivos de esa recreación; al menos, desde el punto de vista de lo que efectivamente sabemos. Y aunque las interpretaciones aquí sustentadas no lograrán el acuerdo de todos los especialistas, nada será más normal, pues se trata de un tema –Alejandro- que no ha dejado de ser objeto de controversia desde la misma Antigüedad. En cuanto a las interpretaciones reduccionistas, ya Hegel respondió para los siglos: si nadie es héroe para su ayuda de cámara, no es porque no haya héroes, sino porque el otro es un ayuda de cámara.


Publicada en la revista Limes (Centro de Estudios Clásicos de la Universidad Metropolitanade Ciencias de la Educación, Santiago), N° 23/2010, pp. 173-178.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Loren J. Samons II: What's Wrong with Democracy?

Loren J. Samons II:
What's Wrong with Democracy?
From Athenian Practice to
American Worship.* University of California Press, Berkeley/Los Angeles/London, 2004, 307 pp.


L. J. Samons II es especialista en Grecia clásica, autor de obras como Empire of the Owl: Athenian Imperial Finance (Stuttgart, 2000) y Athenian Democracy and Imperialism (Boston, 1998). En What's Wrong with Democracy? (“¿Qué hay de malo con la democracia?”) analiza críticamente la práctica política ateniense en los ss. V y IV, con la mirada puesta en la democracia norteamericana de hoy. Uno de esos casos, pues, en que el estudio del pasado se vuelve juicio sobre el presente... y a la inversa.

Los puntos de vista del autor son heterodoxos, por decirlo suavemente: cuestiona la “fe” en la democracia, el “culto” (american worship) rendido a un sistema de gobierno cuyas virtudes se dan por aceptadas sin que medie demostración racional. LJS cree que las (buenas) cualidades que tradicionalmente se asocian con la democracia vienen de la existencia de un cuerpo ciudadano con derechos y deberes, y del gobierno de la ley, cosas que pueden ser separadas de la democracia per se. Cree más: que los valores democráticos propiamente tales (que se puede resumir en el igualitarismo y la noción de que la voluntad popular, expresada a través del voto, es moralmente buena), que han llegado a ser los principios morales y sociales fundamentales de la sociedad norteamericana, ahora amenazan la forma constitucional representativa de su gobierno.

Los Fundadores de la constitución norteamericana (James Madison, por ej.) desconfiaban de la democracia “pura”, tal como se practicó en la Atenas clásica. Sólo en el curso del s. XX los norteamericanos llegaron a identificar a su gobierno como una “democracia” –señala LJS-, a la vez que se imponía la creencia de que era el mejor régimen posible; pero ello fue justo en el momento en que la palabra perdía mucho de su significado originario. Atenas, en un tiempo un modelo, ahora suele estar bajo crítica, no porque fuera demasiado democrática (como pensaban los Fundadores), sino porque no realizó suficientemente los ideales democráticos. Así y todo, porque era (en todo o parte) democrática, Atenas antigua se beneficia del prejuicio moderno favorable a la democracia. ¿Y si los aspectos más problemáticos fuesen justamente los democráticos? Es característico el tratamiento de la muerte de Sócrates, aduce LJS; como un accidente o una anomalía que no autoriza un juicio sobre el régimen político que lo condenó: ¡casi como si Sócrates hubiera cometido suicidio!

Se trata entonces de examinar la historia ateniense, tal como fue, a fin de ver si de ella se puede extraer lecciones para la política y la sociedad modernas. Por lo tanto, un primer capítulo de la obra proporcionará información general sobre el tema; sucesivos capítulos pasarán revista a otros tantos aspectos de la demokratía ateniense. “Democracia y demagogos: Elección, votación y calificaciones para la ciudadanía” es el título del capítulo 2. Al contrario de lo que se estima en las democracias modernas, LJS recuerda que el voto no era un procedimiento definitorio de la democracia (la regla democrática era el sorteo, como advertía Aristóteles) . Sin embargo, cargos importantes, como el de strategós, eran elegidos por votación. Característicos de la democracia ateniense fueron asimismo la ausencia de calificaciones de propiedad para la ciudadanía y el hecho de que los ciudadanos más pobres recibieran, en distinta forma, pagos del tesoro público. No obstante, la noción de ciudadanía en Atenas difería de la de los modernos regímenes democráticos, donde se asocia primeramente con derechos y privilegios, más que con las calificaciones que requiere o los deberes que implica. Además, muchas de las garantías que comporta se consideran “derechos humanos” (comillas de LJS), que no dependen –se dice- o no deberían depender de la forma particular de régimen o de la distinción entre ciudadanos y extranjeros. Por el contrario, en la democracia ateniense la ciudadanía significaba serias obligaciones, incluso ciertos patrones de conducta privada, recuerda el autor.

El capítulo sobre las finanzas públicas (“the People's Purse”) subraya el carácter excepcional de Atenas entre las ciudades griegas: en primer lugar, por su riqueza en mineral de plata y por la flota de guerra que ella permitió. Con el imperio y el tributo de los “aliados”, en el s. V, pudo manejar recursos financieros sin comparación en Grecia antigua. Fue igualmente inusitado que el ateniense común, al que no se pedían requisitos de propiedad para votar en la asamblea, comenzara a decidir entonces sobre materias financieras. LJS señala el empleo abusivo de esos recursos (así lo era a ojos de todos los demás griegos) en pagos a los propios ciudadanos y en un extraordinario programa de obras públicas. Cuando se agotaron las reservas, como durante la Guerra del Peloponeso, o cuando dejaron de existir las rentas imperiales, como en el s. IV, Atenas debió gravar a sus ciudadanos ricos. Es agudísima la observación de que, con todo, a la hora de gastar, los atenienses giraban sobre sus propias reservas; la deuda pública moderna consiste en traspasar la deuda de una generación a otra.

La política exterior del s. V está tratada en dos capítulos. Evidentemente, los temas son la construcción del imperio, las circunstancias que llevaron a la gran guerra inter-helénica que fue la Guerra del Peloponeso, y las de la guerra misma. Un interesante excursus aborda el problema de la causalidad histórica, a propósito de la Guerra del Peloponeso. Para el s. IV (tema del capítulo que sigue), el problema es el de la “Defensa Nacional”, no ya el de una política imperial. De una Atenas agresiva, se pasa a una Atenas a la defensiva que terminará por sucumbir ante Filipo de Macedonia. Con todo, el triunfo de Macedonia no era inevitable, como no había sido inevitable el triunfo de los persas –con fuerzas mucho mayores- siglo y medio antes.

En “Democracia y Religión”, último capítulo, LJS recuerda que la sociedad ateniense era una integral society, sin la separación entre las esferas política, religiosa y económica, propia de las sociedades modernas. En Atenas, lo puramente “político”, en el sentido limitado moderno –lo relativo al gobierno, a las elecciones y a las opiniones al respecto- era sólo una pequeña parte del conjunto social. Sin duda, las actividades militares y religiosas disfrutaban de una participación pública mucho más elevada que la votación en las asambleas. Más que de demokratía o de los ideales de “libertad e igualdad” –comillas de LJS-, los principios unificantes del cuerpo ciudadano ateniense provenían de las creencias comunes acerca de los dioses, de un sentimiento de superioridad nacional y de la conciencia de la importancia de cumplir los deberes hacia los dioses, la familia y la polis.

Ahora bien, la tesis central de LJS es que, mientras que los logros por los que se admira a Atenas –el arte, la tragedia, la filosofía- no tenían que ver con la democracia, fue el carácter democrático del régimen lo que estimuló los aspectos más negativos. Si el pueblo decidía sobre la distribución de fondos públicos a sí mismo, eso tenía que alentar el desarrollo de los demagogos: era fácil para un político asegurar la propia elección o el éxito de las propias iniciativas mediante la proposición de repartir más dinero público a una porción suficientemente amplia de los ciudadanos. Es cierto que Pericles (como muestra Tucídides) fue capaz de “conducir al pueblo más que ser conducido por él”, y de persuadirlo a tomar decisiones impopulares, pero correctas desde el punto de vista del dirigente (que era el de la grandeza imperial de Atenas). Capaz también de enfrentar a ese pueblo, corriendo el riesgo de destitución, multas, ostracismo y hasta de la pena capital; muy a la inversa del “timid modern statesman, afraid even to suggest that 'the American people' might be misguided”. LJS penetra en el mecanismo psicológico del voto y cree poder establecer que el ciudadano medio, en el momento de elegir, no preferirá a los candidatos que se vean muy superiores a él o que le digan lo que no quiere escuchar. Es lo que parece haber ocurrido después de la muerte de Pericles. En el s. IV, Demóstenes se verá en apuros para convencer a los atenienses a destinar los recursos (entonces escasos) a las necesidades de la defensa antes que al subsidio del teatro. El autor repara también en la perversión que, a su juicio, constituye la reverencia por el acto mismo de votar, antes que por el sentido de la decisión –el “proceso” es más importante que el “producto”-, con la conclusión práctica: “any immoral or unwise act –whether it is executing a great philosopher or killing civilians while making undeclared war on Serbia or Iraq- can be defended on the grounds that it reflects the results of the democratic process”.

Tempranamente (s. VI), Atenas mostró ambiciones imperiales; y si suele hacerse una lectura humanista y liberal del Discurso Fúnebre de Pericles, el autor muestra que su tono es “militaristic, collectivist..., nationalistic". La democracia sólo exacerbó esta política. Los atenienses fueron plenamente conscientes de que la guerra y del imperio generaban ingresos que los beneficiaban directamente, lo que estimuló los aspectos más agresivos e imperialistas de la política exterior. Es claro que el pueblo aprobó todas las empresas que implicaban someter, expulsar de su territorio o exterminar a otros griegos. Si la democracia no fue la causa de la Guerra del Peloponeso, lo menos que se puede decir –en opinión de LJS- es que no hizo nada por poner fin a la guerra. Con todo, los atenienses en el s. V por lo menos arriesgaban sus vidas, en el ejército y en la flota. Mas en el s. IV estaban menos dispuestos a sacrificios para fortalecer y proteger el Estado y llegaron a pensar que tenían derecho a recibir pagos, existiera el imperio que proveía de rentas o no, y estuvieran o no cubiertas las necesidades de la seguridad nacional. El dêmos desalentaba a los individuos ricos y capaces de entrar al servicio del Estado; es shocking la frecuencia con que los generales eran juzgados y multados o condenados a muerte. Cuando llegó la hora de enfrentar el creciente poder de Filipo de Macedonia, los atenienses nunca quisieron sacrificar la paga por la asistencia a la asamblea y el subsidio del teatro para sufragar los gastos militares necesarios. Prefirieron escuchar a los oradores que les tranquilizaban con la perspectiva de la paz, antes de decidirse a una política exterior que protegiera a sus aliados –mientras los tuvieron.

Llegados a este punto, puede uno preguntarse que puede inferirse del funcionamiento de la democracia ateniense para la democracia moderna. LJS se detiene en un aspecto. A diferencia de la democracia antigua, que reposaba sobre un conjunto de sólidos valores comunes, independientes de la misma democracia, la moderna (en particular, la norteamericana, para el autor) ha debilitado esos valores, o prescindido de ellos. La democracia ha sido elevada al nivel de creencia religiosa (the American religion). Los nuevos valores moralmente aceptados e indiscutibles son freedom (para cualquier cosa que uno desee), choice (respecto de lo que sea) y diversity (en cualquier plano). Estas palabras resuenan en los corazones de los ciudadanos del modo como antes resonaban “God, family, and country”. Mientras parece perfectamente aceptable en algunos círculos reprender a alguien por sostener opiniones políticamente “incorrectas”, el hecho de hacer ver a otra persona que sus actos son moralmente equivocados y socialmente inaceptables, es en sí mismo considerado grosero, si no inmoral. Pero ninguna sociedad con valores reales (es decir, no los valores vacíos de libertad, elección y diversidad, advierte LJS) puede subsistir bajo reglas que impiden la reafirmación de esos valores mediante la desaprobación pública y privada de los individuos que los violan.

Como conclusión, el autor compara las figuras de Pericles y Sócrates. No enteramente homologables, desde luego: Pericles era principalmente político (“statist”, dice LJS) y ponía el servicio del ciudadano al Estado por sobre otras cualidades; su declarado objetivo era la grandeza de su patria. Sócrates, principalmente “moral”: para él, no era el poder del Estado el fin que debía perseguir el individuo, sino el mejoramiento de la propia alma. Mas tanto el uno como el otro arriesgaron sus propias vidas al servicio de su patria, su piedad religiosa (demostrada en el culto público) estaba conforme a lo que pensaban sus conciudadanos, subordinaron la ganancia personal a sus ideas sobre justicia o servicio público y fueron, cada uno a su modo, líderes dispuestos a correr grandes riegos por decir lo que juzgaban era necesario decir. No fueron totalmente exitosos: “Both might have been surprised to learn that we have taken the Athenian political system, stripped away its historical and social context, and raised it from a simple form of government to the one remaining Form of virtue”.

Las tesis de What's Wrong with Democracy resuenan inusuales y hasta provocativas, no sólo en Estados Unidos. Aquí nos interesan particularmente en lo que tienen que ver con la historia griega antigua. En este sentido, la obra de LJS es un completo y muy documentado resumen sobre la historia política de la época clásica, recogiendo la discusión historiográfica relevante del último tiempo. Algunas observaciones podemos permitirnos a este respecto. Ciertamente, la democracia ateniense no era nada pacifista, ni humanitaria ni especialmente tolerante; pero tampoco lo era Esparta, cuyo régimen político es habitualmente considerado oligárquico (podemos aceptar que los espartanos, por razones que ellos bien sabían, no estaban tan dispuestos a ir a la guerra como los atenienses). Los “crímenes de guerra” –para emplear la terminología moderna- abundaron por lado y lado durante la Guerra del Peloponeso –como en toda guerra, sin duda. La democracia ateniense, no por confiar el gobierno a una muchedumbre no calificada, fue particularmente ineficiente; por el contrario, manejaron sus finanzas bastante bien (aunque seguramente la Guerra del Peloponeso tuvo un costo mayor del previsto por Pericles) y su política exterior no dejó mucho que desear, al menos en el s. V (Tucídides contrasta la eficacia ateniense con la lentitud espartana). La paga por las funciones públicas, vista como una forma de corrupción por algunas de nuestras fuentes –y LJS parece compartir la opinión-, era necesaria, si se quería que el régimen fuera efectivamente democrático (Aristóteles señalaba las condiciones para ello) y, además, imperial (la flota era maniobrada en gran parte por los propios ciudadanos). El autor, por fin, adopta el punto de vista habitual en gran parte de la historiografía de los ss. XIX y XX sobre la decadencia de Atenas en el s. IV, un punto de vista que ya ha sido contrastado (nosotros mismos nos hemos referido al tópico en “La decadencia de la Polis en el siglo IV AC: ¿'mito' o realidad?”, Revista de Humanidades, U. Andrés Bello, Santiago, vol. 13, 2006, pp. 135-149).

Como quiera que juzguemos las opiniones políticas del autor, las cuestiones que plantea no son irrelevantes. Sin duda se puede sacar lecciones prácticas del funcionamiento del sistema político ateniense; de fondo, empero, es la pregunta de si ha existido una sociedad que no se funde en un mínimo de valores estables compartidos –no sólo “procedimentales”. Atenas puede ofrecer respuestas a estas preguntas. Como siempre, el mundo clásico tiene algo que decir a las inquietudes del hombre contemporáneo.
*Publicado en revista Limes N° 21, Santiago, 2009, pp. 174-178.